Cuando me enfrenté a este libro,
lo primero que pensé fue que me encontraba ante un libro diferente. Es distinto
visto por fuera, con esa portada de “Los cuatro jinetes de la Apocalipsis” del
ilustrador rumano Nicolae Groza. Es fino, al menos para lo que estamos
acostumbrados en fantasía, apenas poco más de trescientas páginas. No se indica
que pertenezca a ninguna saga, a fin de cuentas es autoconclusivo. Pero cuando
abrimos el libro enseguida nos damos cuenta de que también por dentro es
diferente.
José Miguel Vilar nos narra las aventuras y desventuras de un
curioso y atípico grupo de personajes en la ciudad de Arialcanda, que acaban
metidos en una lucha, que se podría calificar de terrorista, para liberar la
urbe. Un lugar santo que había vivido en paz desde su lejana creación, tanto es
así, que ni siquiera contaba con un ejército capaz de defenderla.
Puede
sonar a la típica historia que estamos acostumbrados a leer, y el argumento
quizá lo es, pero los personajes, el curioso estilo del autor, la apenas
detectable separación del bien y del mal, la crudeza del comportamiento humano y
un toque de sexo, consiguen que esto no sea así. Además, en el argumento nos
encontramos planes elaborados de esos que normalmente siempre funcionan, y en
este caso no tienen por qué hacerlo. Cuando se tuercen, tampoco tienen por qué
solucionarse de forma milagrosa con un Deux ex machina de última hora.
Tras empezar a leer el libro, rápidamente vemos que el tono que usa el
escritor en la narración tampoco es el habitual de estos libros. Una novela cuyo
primer capítulo se titula “La cagada de Nis” promete mucho. Es irónico,
sarcástico, actual, usando frases como “Dios tenía que ir hasta allí en taxi” o
mentando a la guardia civil, tal vez pueda resultar chocante en alguno momento,
pero a mi me ha parecido fresco y divertido.
Los personajes son
complejos, desde el protagonista principal Akkan, un expresidiario, asesino sin
escrúpulos, zafio, que posee un corazón predestinado a tener sentimientos y
preocuparse por los demás, a Amin, el cazador de monstruos que ha sentado la
cabeza, capaz de lo mejor y de lo peor. Sin olvidarnos de los personajes
secundarios que nos ayudan a ver distintos puntos de vista, para mostrarnos que
en todos los bandos hay buenos y malos, capaces de violar, asesinar o de amar
con locura.
La fantasía la encontramos en la ambientación, en pequeñas
dosis de brujería, monstruos o en extraños pasajes protagonizados por ratas que
cuidan de damas desvalidas o cocodrilos dotados con la cualidad del habla. En un
momento de la historia, el autor intenta un juego metaliterario, llegando a
introducir al escritor en la novela, tal vez este último punto sea lo único que
no acaba de convencerme.
En una lectura normal, me quedaría aquí en la
reseña, pero esta obra tiene al menos una segunda lectura. El autor nos muestra
como la guerra no es noble, sino que acaba desvirtuándose en una concatenación
de catástrofes que a todos nos afecta de una manera u otra. Nos habla de cómo se
crea el odio, de que la ignorancia es la causa de los prejuicios y los choques
entre culturas. Nos enseña lo que desencadena la locura por el poder,
transmitiéndonos que los que mandan no suelen moverse por causas justas, más
bien por conveniencia. Nos señala que a los héroes los crean el pueblo y la
leyenda, aunque hayan sido unos cafres. Nos plantea que la inseguridad forja
hombres crueles, que los soldados tras un tiempo en una guerra se deshumanizan y
no entienden qué hacen lejos de su hogar, ni siquiera saben ya por qué luchan, y
aún así siguen pensando en ese amor que han dejado en casa. Y es que pese a ser
una historia cruda, cruel, llena de odios y enfrentamientos, el autor abre una
puerta a la esperanza con distintos tipos de amor que asoman en toda la obra,
entre tanta fatalidad y desesperación.
Resumiendo, estamos ante una
fantasía épica realista (aunque pueda parecer contradictorio), entretenida, con
personajes de lo más interesantes, con un tono moderno y un fondo que nos saca
de la típica fantasía idealista. Un soplo de aire fresco, para esos que piensan
que toda la fantasía épica es igual y no es capaz de hacer reflexionar, sin
dejar de divertirnos.
Difícilmente puede ignorarse la
simbología de la portada a cargo de Nicolae Groza (1943, Adjud-Rumania), menos
aún cuando el título de la ilustración es el de Los Cuatro Jinetes del
Apocalipsis que, para quienes hayan olvidado las revelaciones a Juan, sin contar
al alivio que supondrá el cabalgar del Jinete del Caballo Blanco, los tres
restantes jinetes, a lomos de los corceles rojo, negro y pálido son los
precursores de guerra, miseria y muerte.
Así pues se concluye desde el
primer vistazo que no se trata de una novela de amoríos y lujuria consumada en
bosques cercanos a un arroyo mientras el calor del hogar espera en una cabañita
no demasiado lejos de un campo de flores… y sería un grandísimo error, de hecho
hace mucho que no he leído unas páginas tan explícitamente sexuales, dónde tanto
las palabras como los hechos expresaran mejor la desesperada necesidad de amar y
ser amado a pesar de los sinsentidos de ciertos actos autodestructivos a gran y
a pequeña escala.
Las trescientas veinte páginas, escritas la mayoría
desde Serbia por un jovencísimo valenciano que responde al nombre de José Miguel
Vilar Bou me son, desde hoy, un ejemplo brillante de literatura fantástica
llevada al extremo. Después de todo, una guerra no se puede contar sin
brutalidad, sin palabras malsonantes, sin sangre en las venas, ni fuera de
ellas.
Pero esta novela coral de Fantasía Épica tiene ciertas
particularidades que la hace despuntar de otras más clásicas, y es que se nota
que ha habido un esfuerzo consciente de alejarse de los tópicos del género, de
hecho, es sorprendente constatar que fácilmente se puede “intemporalizar” un
relato usando un lenguaje que no pertenece, en principio, a su contexto
histórico natural, hasta que se nos obliga a arrostrar una realidad curiosa: en
ningún momento se nos confirma ni dónde ni cuándo ocurren los acontecimientos
relatados, por lo que podría ser nuestro mundo dentro de poco, dentro de mucho,
o hace muchos años en una galaxia “muy muy” lejana. Sea como fuere, José Miguel
Vilar Bou ha tenido un exquisito cuidado en las palabras usadas para transportar
al lector a una historia que es a veces cruda y desmoralizante como sólo puedo
imaginar las que resultan de un enfrentamiento bélico, sin duda inspirados en
parte por la experiencia del autor de cooperar durante ocho meses en centros
colectivos de refugiados de guerra en Serbia pero a veces también resulta, la
historia, entrañablemente emotiva, potenciada precisamente por los terribles
acontecimientos circundantes.
Siguiendo con la técnica narrativa de José
Miguel Vilar Bou en Los navegantes (Grupo AJEC), que ya de por si es motivo más
que suficiente para leerse su novela, destacaría el uso intermitente del plano
colectivo y personal que se justifica al entender la temática de la historia: La
civilización arialcanda, poseedora de la ciudad más vieja del mundo conocido,
símbolo en sí mismo de la espiritualidad de todas las generaciones, trata de
defenderse, en vano y con muy pocas probabilidades de éxito, del asedio
continuado y tenaz de la civilización trinisanta que no conoce más religión que
la ciencia capaz de construir su terrible maquinaria bélica y no concibe no
poseer en todos los sentidos cualquier otra civilización que perciben como
inferior a la suya propia en nombre de un “bien mayor”, pero para entender las
motivaciones de los personajes principales de este enfrentamiento es necesario
acercarse tanto a ellos que no se nos hace posible distinguir dónde comienza la
piel del personaje de ficción y dónde acaba la nuestra, podría decirse que el
uso del vocabulario contemporáneo potencia hasta el extremo la cercanía hacia
las personajes que viven las aventuras, unas aventuras que a veces parecen
sacados de un videojuego (los relatos cortos de las aventuras del “Cazador de
Monstruos” son simplemente brillantes) uno de esos videojuegos que enganchan y
que obligan a jugar una y otra vez aumentando la dificultad intentando conseguir
la máxima puntuación. No hay que olvidar que se trata de un relato fantástico
extremo, para mayores de dieciocho años, por eso el humor negro y el lenguaje
carcelario no choca sino que ameniza el transcurso de los acontecimientos
escritos por una mano que se hace visible casi al final, al más puro estilo Ende
en La Historia Interminable. La mejor ejemplificación del estilo personal de
José Miguel Vilar Bou es sin duda su “Galería de Personajes”.
Sin duda
Los navegantes será uno de esos libros que releeré de vez en cuando para revivir
las aventuras de Akkán, mientras éste trata de sobrevivir al azar (que también
se da en la vida real) culpable de su implicación en la última batalla contra el
Imperio Trinisanto. Disfrutaré nuevamente al comprobar que en medio de tanta
barbarie resulta alentador ver cómo el amor es el verdadero motor de la
historia, y no las batallas, ni el poder, ni la gloria. Releeré la novela para
redescubrir que no hay casi héroes en el relato frente a tantos villanos, que
estando en el bando equivocado se puede hacer el bien (o viceversa), que el
arrepentimiento puede tener su premio y que desde lejos la guerra tan son sólo
números, pero quién derrama su sangre puede bien lamentar no haber elegido otras
casualidades inexplicables por las que dejarse llevar.
Yo soy un
europeo modernillo, de esos que no tienen ni flores de lo que es una guerra. Me
crié leyendo los libros de gente que tampoco tenía —o no quería tener— ni
maldita la idea de lo que es jugarse la vida en un conflicto armado… así que
crecí pensando que los campos de batalla son como tableros de ajedrez donde las
tropas, diestras, bravas y especializadas, se despliegan estratégicamente y de
forma organizada. Me convencieron de que los mandos de los ejércitos mueven las
vidas de sus hombres con un respeto profundo y reverencial, sin permitir jamás
que el destino de los soldados de a pie quede sometido al tuntún y expuesto por
dejadez o impotencia a la barbarie y a la masacre indiscriminada.
Entonces fui a ver «Salvar al Soldado Ryan» y Spielberg me abrió los
ojos de un leñazo. De repente caí en la cuenta de que hay que ser todo un idiota
para no ver que lo lógico es que una confrontación militar dura degenere en un
sálvese quien pueda y un piernas para qué os quiero. Vi los primeros minutos de
la mencionada película y comprendí que lo normal debe ser que muchos soldados
lleguen al frente cagados de miedo, borrachos y disparando al enemigo sólo
porque terminar con él es la única forma de huir del inminente matarile. Y
aquello de ver el desembarco de Normandía por los ojos de Spielberg me hizo
comprender lo fantástica que es mi vida de ciudadano comodón en tiempos de paz.
Pues bien, algo muy parecido a todo eso es lo que me ha pasado con la
novela que he venido a criticar: creo que «Los Navegantes» (Grupo Editorial
AJEC, 2007) tiene algo que me ha abierto los ojos. Me ha hecho comprender cómo
debe de ser, más o menos, esa parida que nos han vendido con el nombre de guerra
asimétrica.
«Los Navegantes» es una narración atípica y arriesgada: todo
lo que tiene este libro de fantástico lo tiene de auténtico, es una historia
realista hasta en sus delirios más febriles. Se supone que es una novela coral
por aquello de que la atención se reparte entre varios personajes, pero luego lo
cierto es que la verdadera protagonista de esta historia es la guerra. La guerra
que enfrenta a un ejército todopoderoso con un pueblo que va cargadito de odio y
miedo a partes iguales, pero hasta las cejas; y que es capaz de cometer las
mayores atrocidades y desmanes que se le puedan imputar a la población civil con
tal de desprenderse del agresor. Y eso es lo que está pasando de un tiempo a
esta parte en Palestina, Chechenia, Irak y Afganistán, entre otros sitios. Lo
llaman guerra asimétrica y es lo que sucede cuando un puñado de tipos
amariconados como yo se enfrentan con lo puesto a un ejército profesional. Eso
ya se despachó en España desde el 36 y, hasta hace poco, en los Balcanes, que es
donde se escribió la novela que nos atañe.
Y el caso es que eso de la
guerra asimétrica no es, ni por asomo, como nos lo presenta la CNN. «Los
Navegantes» te hace comprender lo que significa el asimétrica de las guerras de
hoy. Te cuenta una historia acerca de soldados que marchan a la primera línea de
fuego aferrándose más fuerte a la botella que al fusil. Te pone en medio de un
conflicto bélico en el que las armas a las que echan mano los efectivos de un
bando son las mejores del mundo y las que emplean para defenderse los del otro
son tales como una caña de pescar.
En este libro, que es un libro
fantástico, la magia es un arte siniestro y arcano que emplea la guerra sólo
para exagerar más todavía el abuso al que el poderoso somete al indefenso, igual
que la tecnología moderna. Las espadas son «cuchillas de afeitar desdentadas»,
los héroes, fulanos que se meten a hacer la guerra tras salir del talego, cuando
ya no ejercen como proxenetas; o asesinos profesionales que se han aburrido ya
de burlar a la muerte y ahora se ven inmersos en un conflicto que en el fondo
les trae al fresco, porque la vida les ha convertido irónicamente en entrañables
hombres de familia.
Las víctimas son sastres, pintores de brocha gorda,
fontaneros, verduleras, violinistas y hasta, literalmente, «escritores sin
editor». Y es que, con humor irreverente y gran fuerza narrativa, en esta
historia se despachan hasta las proezas bélicas de las viejas que se encaraman a
sus casas para poder lanzarles muebles y mascotas domésticas a las cabezas de
los soldados del todopoderoso ejército invasor cuando trata infructuosamente de
llevar la guerra casa por casa. El libro te cuenta todo eso y cómo la enconada
resistencia del que ya nada tiene que perder termina por decantar la guerra a
favor de los más débiles… y esa es la auténtica proeza épica de «Los
Navegantes», de José Miguel Vilar, que ha escrito una novela brillante en la que
los héroes ganan porque son todos y cada uno de los que no saben cómo se hace
realmente una guerra en este libro. Y este libro es un excelente trabajo que,
vergonzantemente para el panorama literario español, pasará totalmente
desapercibido.
Pasará desapercibido porque es la opera prima de un autor
que ha firmado con una editorial pequeña e independiente, y ahí no hay nada que
hacer. Pero lo cierto es que si se le concede una oportunidad a esta literatura,
no defrauda: está repleta de fantasía, de cocodrilos violinistas, de homúnculos
que hacen la guerra después de haber muerto mil veces, de reyes convertidos en
charcos, de palabras que follan, soldados que mueren cagando y hospitales de
guerra que se quedan sin hilo. La novela pasa de la fantasía más galopante y
delirante (la que este crítico sólo reconocerá en la obra de Stephen Reeder
Donaldson, que ya inventó los antihéroes fantásticos en los setenta) a la
realidad más cruda y dura, la que ni los telediarios enseñan hoy en día. Y en el
proceso, cae el lector, diciendo «vale, joder, ahora caigo» en la cuenta de que
las guerras de ahora son, por fuerza, mucho más canallas de lo que lo eran en
los tiempos en los que los héroes decían cosas como «oh, qué felonía, su merced
pronto conocerá la nobleza de mi acero». Y es que en este libro el lenguaje está
muy por encima de las convenciones del tiempo.
Estamos ante una novela
de fantasía nada épica porque el héroe es sólo el personaje de reemplazo que no
tiene más narices que obrar un par de hazañas en el campo de batalla o morir en
el intento… y sale indemne del trance sólo porque es el fulano al que le tocaba
el fortuito papel de héroe en el reparto. Así las cosas, hecho del heroísmo un
oportunismo casual propio de los suertudos, y del villano un canalla cualquiera
(ya sea de un bando o del otro), el lector se ve convertido en un daño colateral
de la historia y sale volando por los aires. Volando como no se vuela todos los
días a lomos de un libro. Y por eso digo que este libro es la hostia y que puede
ofrecer una experiencia rica en muchos aspectos a un género anquilosado,
embozado, obstruido y obsesionado con los tópicos diáfanos (espadas, dragones,
elfos…) como lo es la rancia narrativa fantástica de hoy.
«Los
Navegantes» es la antinovela heroica por excelencia. Bienvenida. Ojala viniera
para quedarse, pero como todas las joyas que terminan en la basura, sólo está de
paso en las librerías de hoy día. Una oportunidad que hay que aprovechar:
pillaos este libro mientras podáis, que lo parte.
Hace
unos meses nos hacíamos eco de una presentación, la de la novela “Los
navegantes” de José Miguel Vilar. Hora es ya de entrar en detalles y aprovechar
de paso el volumen de visitas, que lleva cosa de un par de semanitas en números
de récord (para nosotros, tampoco son nada del otro jueves), para recomendar
fervientemente la adquisición y lectura de este libro, que bien podría ser la
mejor novela nacional de corte fantástico que se publique este año.
¿De
qué va? Pues, como muchas otras novelas de fantasía, de una guerra. ¿Entre el
bien y el mal? No. ¿Con algún insignificante personaje que se descubre como el
ente señalado por el destino para derrotar in extremis al enemigo invencible?
Más bien no y, en todo caso, por pura chamba. Épica a tope sí que será, ¿no?
Que no, hombre, que no. Es una guerra. Sucia, rastrera, cruel,
deshumanizante, en no pocas ocasiones ilógica y capaz de sacar a la luz lo peor
que llevamos dentro. Sí, tú, yo y cualquier otro. Es un espejo para mirarnos el
ombligo y descubrir que esconde más roña de la que estamos dispuestos a admitir
en una tertulia sobre unos bocatas y unas generosas medidas de cerveza (o
pepsi). Porque los arialcandos (el pacífico pueblo invadido) somos nosotros, y
los trinisantos (el ejército invasor) también, y hay que reconocer que a
nuestros ancestros les ha tocado más a menudo el papel de los segundos que de
los primeros. Desde luego, nada es tan sencillo como que unos son buenos y los
otros malvados. En todas partes cuecen habas, y es posible encontrar todo un
ramillete de caracteres en ambos bandos, aunque, maldita casualidad (o no),
quienes tienen la sarten por el mango no suelen ser dechados de virtudes.
“Los navegantes” es una novela de fantasía, como podría haber sido
histórica (ejemplos de situaciones similares no faltan), pero la fantasía le
aporta un toque especial. No influye en absoluto en la acción (se menciona algún
prodigio menor por aquí, se practica algo de necromancia por allá, pero todo
esto no afecta a la trama), sin embargo, dota de argamasa al conjunto, o quizás
cabría interpretarla más como un lubricante, que suaviza las asperezas, que
haberlas haylas, y muy gráficas, y nos permite tragar la píldora que Akkán, el
protagonista, se empeña en embutirnos gaznate abajo. En cualquier caso, no es
una fantasía al uso. Esquemas que creemos reconocer mutan en direcciones
sorprendentes a poco que nos descuidemos, y los personajes arquetípicos parecen
empeñados en salirse de sus moldes; aunque en ningún momento se antoja este
sesgo iconoclasta una pose, sino que parece nacer de la firme intención de abrir
un camino propio. Concuerda así con el espíritu de la novela. ¿Cómo seguir los
mismos esquemas si apunta en una dirección diferente por completo?
A
este respecto, y bajando a un plano meramente técnico, cabe resaltar un lenguaje
directo, conciso, dado a la metáfora sorprendente y al anacronismo más chocante.
¿Por qué no? ¿A quién va dirigida la novela? ¿A sus protagonistas o a sus
lectores? El gran logro reside en introducirnos en su estilo de forma que lo
aceptemos e incluso lleguemos a anhelar la siguiente sorpresa, todo ello
integrado en la narración, sin sacarnos de la historia (lo cual sería un grave
fallo). En resumidas cuentas, consigue crear un estilo propio. Si no por otras
razones, ya bastaría con esto para recomendarla.
No quiero concluir sin
hacer mención a la labor de AJEC, el sello bajo el que se ha publicado. Es una
edición muy cuidada y elegante, que de seguro quedará bien en cualquier
biblioteca, pero no es eso lo que motiva este párrafo, sino el hecho en sí de
lanzarse a publicar a un autor novel como era José Miguel, con todo el riesgo
que ello conlleva. Gracias a su intermediación podemos disfrutar de esta novela.
¡Y empezar a esperar la próxima! PS: ¡Ah, sí! También hay amor. Qué caramba, los
personajes son humanos, pueden enamorarse en mitad de un infierno. Después de
todo, ¿qué otra cosa hay tan ilógica como la guerra?
La
mejor reseña posible de esta novela nos la hace Salvador
Montesinos antes de comenzar la misma. Los navegantes es una novela
singular, y esto pronto lo percibe uno cuando al abrir el libro se encuentra con
algo que el escritor ha llamado “Metaprólogo”, que no es otra cosa que una
especie de juicio a la que es sometido el autor (en un giro de lo más
surrealista que se entiende cuando uno ha llegado al final de la novela) que se
transforma en un debate y que de una forma muy original nos desvela lo que nos
vamos a encontrar en sus páginas.
Así, enseguida nos cuentan que la
novela pertenece a un género “aparentemente fantástico”, donde hay romances,
aventuras bélicas, muertes… pero el conjunto resultante no es sino una metáfora
de nuestro mundo actual. Es decir, la novela se enmarca en un tiempo indefinido,
pero en el que la moraleja es que el sinsentido de la violencia es un hecho más
que evidente, al igual que muchos de los conflictos bélicos acaecidos en los
últimos tiempos. Leyendo un poco la biografía del autor vemos que ha estado
involucrado como cooperador en la guerra de Los Balcanes, y no es difícil
extrapolar lo que cuenta el libro a este u otro conflicto actual o a otros no
tan actuales.
Una vez nos introducimos en la novela, enseguida llama la
atención el lenguaje utilizado. El autor no escatima en tacos, en utilizar una
jerga vulgar e incluso nos sorprenderemos al encontrar elementos de hoy en día
inmersos en un mundo antiguo repleto de hazañas bélicas y civilizaciones que nos
recuerdan a siglos pasados, tornándose todo esto en una original forma de
escritura y un estilo propio muy interesante. Se trata de una novela que a pesar
de contener pasajes duros y de extrema violencia, contiene muchos elementos de
humor e ironía. El mismo protagonista, Akkán, (aunque son tantos los frentes
abiertos, tantas las historias paralelas y tantos los personajes importantes que
casi ni se podría hablar de protagonistas), es un antihéroe de bruscas maneras,
pero que destila un humor y una ironía que bien sirven como reflejo del tono
general del libro. La forma que tiene José Miguel Vilar de contarnos esta
historia hace que sea muy cercana al lector. Casi podría parecer que de la forma
en que está narrada es como si nos lo estuviera contando un amigo de toda
confianza.
Luego el libro contiene los elementos clásicos de todo libro
épico, es decir, tierras conquistadas, malvados gobernantes, romances… pero hay
que destacar que todos y cada uno de los personajes importantes de la novela,
que no son pocos, tienen una personalidad perfectamente definida, a veces
incluso sorprendente, y sin dejarse llevar por los tópicos. El amor (y
explícitamente el sexo) es un tema primordial de la novela, quizá como vehículo
redentor de la humanidad entre tanta inhumanidad. A través de unos capítulos
cortos y unos diálogos tremendos, el autor nos narra una historia viva, muy
entretenida, con grandes e intensos momentos, deslumbrantes escenarios y en los
que vemos de lo que es capaz de hacer el ser humano, lo mejor, y lo peor.
En definitiva, se trata de una buena novela fantástica, adulta, original
y un puntito irreverente, alejada totalmente de las novelas juveniles del
género. Por su originalidad y atrevimiento no es una lectura a la que uno esté
acostumbrado, lo que siempre es de agradecer que lleguen este tipo de obras que
aportan frescura. El autor José Miguel Vilar se destapa como un gran contador de
historias y sobre todo como un creador de un estilo propio que conviene seguir
muy de cerca.
Akkán fue mercenario, ladrón,
fugitivo y guardia de seguridad en un puticlub, en pleno universo de fantasía.
Con dos cojones. Ese es uno de los muchos planteamientos que José Miguel Vilar
presenta en Los navegantes, novela publicada por la editorial AJEC. ¿Y qué
quieren que les diga? Que me ha encantado.
JM despliega una colección de
sandeces, baladronadas y posturas insolentes que convierten la novela en un
escenario irreverente de actores predestinados a caer en un agujero de
decadencia absoluta. Pero hay algo en la prosa de Vilar que salva la trama del
esperpento y le otorga profundidad; metáforas que van más allá del sutil filo de
la ironía y construyen la personalidad de cada uno de los personajes de la
novela. En la contraportada del libro se compara Los navegantes con una novela
río de George Martin; yo no me atrevería a tanto. La trama tiene sus
limitaciones, pero es que los personajes son tan grandes, las situaciones tan
enrevesadas, los sentimientos afloran con tanta facilidad (JM es un mercader
macabro de los sentimientos) que estos acaban escapando del libro y embargan al
lector con mucha facilidad.
Para mí ha sido el descubrimiento del verano
(junto a La dama número trece de Somoza, aunque este último ya no es tanto
descubrimiento), amén de una grata sorpresa. Sin lugar a dudas, uno de los
mejores libros de fantasía que he leído (no, que he disfrutado) en mucho tiempo.
¿La trama? ¿De verdad importa? El asedio y la conquista de Arialcanda
por parte de los trinisantos es una excusa barata que desentierra una auténtica
sinfonía de hachazos por la espalda, zancadillas, suturas al corazón y
situaciones desternillantes (y eróticas... este chico es un pervertido), que se
desarrollan en una sucesión sin fin. Vilar construye con Arialcanda una de esas
hermosas civilizaciones perdidas en la literatura romántica... y la destruye sin
ningún escrúpulo, y la vuelve construir, y la vuelve a destruir para construirla
una vez más, así hasta el infinito. Pero lo que verdaderamente importa, donde
esta el petróleo en esta historia, es en los personajes. Un servidor, tétrico
él, se queda con la locura de Veritám, la fortaleza de Yi Na y la épica de Amin,
el desparpajo Boléii y la tragedia constante que envuelve la vida de los
Yenenaii. Pero hay más, mucho más, historias que se solapan y se entrecruzan,
como la de Aireii y la del Capitán Tanguy, carreteras pobladas por bufonescos
personajes secundarios que aguardan el momento de entrar en escena, aunque sea
en un papel corto y fugaz. Porque Arialcanda es un teatro de vanidades y excesos
donde todo está permitido, hasta un cocodrilo violinista que divaga sobre las
cualidades del Dios Escritor y ejércitos de ratas que velan por la seguridad de
las damas defenestradas.
Es de agradecer que, día tras día, aparezcan
nuevos escritores que agranden la escala de autores dedicados a la fantasía,
pero con José Miguel Vilar ha aparecido uno de esos pequeños astros que, con una
opera prima, dejan entrever el estremecedor potencial que tienen. Desde luego,
un servidor ya está deseando hincarle el diente a su siguiente
novela.
Es la primera vez que leo algo tan
insólito y dispar como es el caso de esta historia; una extraña mezcla entre
Borges y Henry Miller (o Bukowski, aunque no sean la misma cosa). Cierto, sé que
una afirmación así deja helado al más pintado, pero es totalmente verídica. Al
menos mi ejemplar de Los navegantes, es lo que contenía; grandes dosis de
fantasía épica, sí, pero también mucho, mucho sexo y un lenguaje, mmmmm,
dejémoslo en desgarbado.
De acuerdo, el prólogo de Salvador Montesinos
(desde luego original y esclarecedor), nos aventura que Los navegantes no es una
obra común, y también nos adelanta esa forma diferente que tiene José Miguel
Vilar de enfocar su historia; sembrada de personajes de todos los pelajes, y
también del desparpajo en el lenguaje de estos (por si fuera poco, en los
momentos más inesperados), pero, eso también es cierto, una cosa es leerlo, y
otra muy distinta vivir con ello a lo largo de sus trescientas y pico páginas.
Y, creedme aquellos que no hayáis leído Los navegantes, eso es lo que
básicamente me he encontrado; una historia muy bien construida, vale. Una
narración donde somos espectadores de una gran invasión; la víctima, una ciudad
muy antigua. Los mártires, una de las primeras razas del universo creado por
Vilar, pero además, entraremos en la mente y en las carnes de personalidades que
no son solo malos malísimos o buenos buenísimos, sino mentes cercanas, con sus
miedos e inquietudes, sus ilusiones, y por qué no decirlo, sus pajas mentales;
líderes que, por si fuera poco, son y lo reconocen para sí, inseguros.
¡Inseguros! ¿Será posible semejante desfachatez?
Y es que no
solo hablo de los líderes buenos buenísimos, que haberlos haylos, sino también
de los líderes malos malísimos; que no por ser mentes inseguras, aparentemente
bipolares, dejan de ser crueles y carniceros… Y esto no es tan común…
Tenedlo en cuenta, se disfrutará o sufrirá por conocer ambos puntos de
vista; el de los buenos o indefensos, y el de los malos o privilegiados. Porque
esto es lo que hay en definitiva; una encarnizada y desigual lucha por unas
tierras. Un pueblo que lucha por lograr la supremacía mientras otro se ve
subyugado sin querer saber ni prácticamente entender de guerras.
Y,
vaya, por otra parte (que esto no acaba) tenemos otra serie de personajes nada
convencionales, como es el caso de otro de los protagonistas; Akkán,
expresidiario, exsegurata de puticlub, y quién sabe cuántas exlindezas más…
En fin…
Pero no creáis, que también tenemos todo lo contrario;
la belleza, la sutileza, la casi pureza, incluso la magia… entre tanto, Los
navegantes nos aproxima a una historia extraordinariamente ambientada.
Desarrollada hasta decir basta (de hecho, uno de los puntos oscuros, a mi modo
de ver, es que tal vez sea demasiado larga): Con batallas, humor, amistades,
amor y sexo.
¿He dicho sexo? ¿Lo dije ya? ¡Sexo! Que no se me olvide.
Contiene mucho sexo. E imagino, sí, que los más próximos a este género de la
fantasía, habrán tenido la oportunidad de acercarse a alguna otra narración
donde hubiera algún escarceo que otro; puede que alguno más subido de tono de lo
acostumbrado, pero en el caso de Los navegantes, creedme, es distinto. El sexo
(y en múltiples ocasiones de lo más explícito) es también uno de los
protagonistas principales (¿es que no mencioné a Miller? Pues incluso el estilo
de este, creo que a veces se queda corto).
Asimismo, encontraremos
auténticas perlas filosóficas salidas de esta misma mente (claro) del autor;
situaciones que jamás terminarán como deseamos (algunas verdaderamente duras), e
incluso nos recrearemos en la aparición de un personaje que, leamos lo que
leamos, y aunque no seamos conscientes, siempre está ahí.
… Y es que Los
navegantes no es solo surrealista en su lenguaje (que verdaderamente es
desternillante, y no en un par de ocasiones, no, que su estilo y nivel son
constantes), sino en ciertos pasajes.
Los navegantes es una historia
quizá por momentos demasiado arriesgada, sí. Una historia nada convencional; de
acuerdo. Una historia que, en definitiva (y creo que es de lo que se trata), te
entretiene, te enseña, te inspira, y en ningún momento te deja indiferente.
Bien por lo tanto por su autor, y bien por la osadía de su editor. A mí,
personalmente, me ha encantado el cambio de sexo. ¡Digo, de aires!
De sorprendente ha de
calificarse este libro. Sorprendente por varios motivos que llevan a calificar
el relato de interesante, ameno e infrecuente para lo que se suele leer.
En primer lugar nos encontramos ante una lectura muy rápida y ágil.
Capítulos muy cortos y disgregaciones del núcleo central de la historia, hacen
que en ningún momento se pierda la “alegría” de la lectura. Los flash back,
imprescindibles, están bien dosificados y al finalizar, afortunadamente,
retornan al lugar del que provinieron, dando coherencia al texto.
El
estilo de Vilar es directo, muy directo en muchas ocasiones. El lenguaje es
utilizado sobriamente sin que haya sobresaltos e intentos de magnificar el
estilo. Se trata de que los guerreros son y hablan como soldados y no como
poetas o literatos. Por contraste los personajes “nobles”, cuando están entre
ellos, utilizan un lenguaje más almibarado y tendente a las frases “bellas”.
Vilar no tiene remordimientos en usar expresiones que son claramente anacrónicas
para expresar lo que sus personajes tienen que contar.
Pero ¿qué cuenta
la historia? Sencillamente uno de los grandes temas de la literatura: la lucha
entre el bien y el mal. Ni más ni menos. La clave para hacer atractiva la
lectura de este texto radica en la interesante caracterización de muchos de los
personajes. No piense el lector que va a encontrar personajes de gran altura
moral o de gran atractivo intelectual, pero en su normalidad está su grandeza.
Son sencillamente gente “normal” envueltos en una lucha entre civilizaciones que
se disputan el dominio global. No estamos en una tierra reconocible, ni en un
tiempo determinado. El mundo descrito es una extraña mezcolanza en la que
convive la magia, si bien no es todopoderosa, con los arcabuces, cañones y
tecnología que se podría decir, al menos, perteneciente al siglo XV o XVI de
nuestra era.
El enfrentamiento entre dos formas de vida, una pacífica y
culta, y otra expansionista y bastante salvaje como es el imperio Trinisanto,
hacen preguntarse si el autor ha querido tomar partido por alguna determinada
forma de gobierno o civilización que nos es muy cercana. Parece claro que los
expansionistas trinsantos, el mismo nombre da claves acerca de quiénes son, es
una magnificación de la civilización occidental -además son blancos y visten
como recién salidos de las películas de las cruzadas-, mientras que Arialcanda,
y sus defensores, son cetrinos u orientales.
Con todo, sorprende
agradablemente la desvergüenza en la utilización de técnicas de la novela
erótica o pornográfica en algunos de los pasajes más “picantes”. Ya era hora de
que alguien recordara que en los mundos de fantasía la gente, imagino, que ha de
follar, y es una sorpresa encontrar descripciones muy gráficas y explícitas de
los amores entre la princesa y el cetrino protagonista. Escapando del tópico del
cuento de hadas, esta princesa es una mujer de armas tomar en cuanto al sexo se
refiere.
Uno de los capítulos nos ofrece una reflexión filosófica sobre
lo que es el mundo que nos remite a las reflexiones de Borges sobre al vida y el
mundo. No supone una novedad puesto que una vez mas el autor hace interactuar a
los personajes con el escritor, o con un escritor. Pero el capítulo está muy
bien narrado y deja un estupendo poso en el lector. Particularmente delirante la
respuesta a la pregunta “¿Cómo volveremos con el monstruo acechando?” “No hay
problema, tiene ya el horario de verano”. Sí, el humor también tiene cabida en
esta novela, y mucho.
Los navegantes lo tiene casi todo para ser una
lectura amena y reconfortante. A mi modo de ver es una de las novelas
fantásticas más interesantes publicadas en 2007.
Las cosas están cambiando, o al menos así lo parece leyendo esta primera
novela de José Miguel Vilar. No sólo porque el editor ha querido resaltar la
obra comparándola con George R.R. Martin en vez de la habitual mención de
Tolkien, si no porque el estilo y las maneras del autor parecen de cosecha
propia. Vilar quiere romper esquemas en cuanto a ritmo, capítulos y estilo y hay
que decir que le sale bastante bien.
Para empezar tenemos un entretenido
y divertido metaprólogo. Y qué es un metaprólogo, se preguntarán algunos. Pues
una introducción donde el autor justifica, mediante la discusión de un tribunal,
el valor de las ideas invertidas en el libro, argumenta el porqué de ciertos
recursos literarios o avanza qué se puede encontrar el lector cuando continúe
leyendo, observando además que el lector es el último de los jueces que
valorarán la novela. En todo caso un comienzo original y ameno que abre las
puertas a la historia propiamente dicha.
Vilar nos propone una narración
de aires épicos pero con toques personales que acaban por reconvertirla en algo
más original. Los navegantes nos habla de la Guerra, así con mayúsculas -cómo
diría el autor-. Nos da suficientes argumentos para desmitificar las grandes
batallas, las gestas y los mismos héroes que entran en combate. Y sin hacer
concesiones: Violaciones, matanzas de niños, torturas... quizás influido por la
estancia que realizó en un campo de refugiados de guerra en Serbia (de hecho,
una buena parte de la novela la escribió allí). Esta reflexión sobre la guerra
por la guerra es la base central del argumento de Los navegantes. La historia
como no podría ser de otra manera empieza con una batalla y acaba con otra. La
Guerra, la matanza, el delirio y el frenesí se extienden por sus páginas en todo
momento, pero también el sexo, largamente tratado - de forma espléndida, por
cierto-, el drama y unas buenas dosis de humor negro. Puede parecer una paradoja
-y de hecho lo es- pero eso forma parte del peculiar estilo que Vilar impone a
su obra.
El argumento es simple: El Virrey del imperio Trinisanto decide
conquistar Arialcanda, la ciudad más antigua del mundo, una ciudad sin interés
estratégico pero que resulta un símbolo de la conquista del nuevo continente.
Para defenderla sólo hay un ejército de presos y ladrones enviado especialmente
para ser derrotado. Los periplos de ciertos personajes de ambos bandos nos darán
la idea de cómo se vive una victoria y una derrota. Vilar no quiere caer en la
tentación de definir a las dos civilizaciones, una como "buena" y la otra como
"mala" e intenta en todo momento proporcionar escalas de grises de las dos a
través de diversos personajes, algunos ciertamente estereotipados, que dan la
visión que en todas partes hay personas humanas y otras que no se merecen este
nombre. El autor realiza un esfuerzo loable para hacer saber que la mayor parte
de los hombres que combaten en los ejércitos lo hacen sin quererlo y que sólo
algunos capitanes y generales son realmente adictos a la guerra. Es una crítica
antibélica aunque queda desvirtuada por ciertas situaciones eclécticas de las
que hablaremos más adelante.
Es esta una invasión que recuerda muchos
hechos de nuestra historia: La colonización caótica y salvaje de los españoles
por tierras americanas, las defensas encarnizadas y matemáticamente imposibles
como la de la batalla de las Termópilas -el mismo autor lo admite a su
metaprólogo- o los alzamientos en torno a pequeños dirigentes desconocidos que
tienen como principal arma su don de palabra -el subcomandante Marcos de
nuestros días tiene aquí su homónimo-.
Una historia vieja como el tiempo
que desgraciadamente vemos cada día por los telediarios. Vilar pone el énfasis
en el papel de los civiles como víctimas de los conflictos bélicos tanto los de
un lado como los de otro. No es una reflexión profunda ni es un tipo de
argumento que no haya sido tratado anteriormente, pero el estilo directo y el
ritmo frenético del autor ayudan a leer la obra que si no original sí al menos
resulta estimulante.
Vilar va un poco más allá y describe las
situaciones con un peculiar aire anacrónico ya que menudean expresiones y
comparaciones propias de nuestra época y de nuestro mundo y eso en una novela de
fantasía medieval no deja de ser sorprendente. Al principio cuesta asimilar pero
poco a poco dejas de darle importancia. Este hecho resta "seriedad" a la obra
pero también le da un aire fresco y vivo. ¡Pero ojo! Esta herramienta, este
recurso, es una espada de doble filo que tanto puede realzar en un momento dado
el texto como rebajar la tensión y el nivel narrativo a la categoría de broma o
de ridículo.
Y aquí es cuando empiezo a hablar de los defectos de la
novela -no todo es para tirar cohetes, ya se sabe-. Hablábamos de un ritmo
vertiginoso. Cierto, pero éste se ve a veces descompensado. Podemos encontrar
capítulos enteros dedicados a la descripción de escenas eróticas que no tienen
más importancia para la historia -he dicho ya que el sexo aquí es tratado de
forma generosa?- y en cambio en otras ocasiones con cuatro pinceladas se nos
resume lo que pasa en todo un día. Encontramos también diversos flashbacks de la
vida de ciertos personajes principales insertados en mal momento, fuera de
lugar, que cortan la narración cuando ésta estaba yendo suficientemente bien.
El tratamiento del humor negro no siempre se combina con acierto y en
diversos momentos tenemos la sensación que aquel chiste "no tocaba". Vaya que el
autor abusa demasiado de este recurso. El argumento de la novela además da la
sensación que se estanca, que no evoluciona. De hecho, la historia decae a
medida que se avanza en la novela. Hacia el final, volvemos a sentir que el
autor nos quiere decir algo.
Y finalmente tenemos el añadido totalmente
innecesario del tema de los "navegantes". Vilar nos proporciona una trama
principal, que parte de una base crítica y la cual nos sitúa en un mundo
fantástico pero próximo al nuestro pero también incorpora una subtrama especial
-que da nombre a la novela- que me atrevería a decir que es más metafísica que
otra cosa y que no sólo no encaja en la historia, si no que la lastra y confunde
al lector. El hecho de que el autor se haya querido "encontrar" con algunos
personajes y que nos quiera dar explicaciones sobre los hilos del destino que
cuelgan sobre nuestras cabezas no enlaza en ningún momento con el argumento. Por
suerte no tiene demasiado pies ni cabeza y el autor no abusa de ello, pero según
mi modesta opinión, todo el affair que tiene que ver con los "navegantes" se
podría suprimir sin ningún problema: Tendríamos entonces una narración sin
muchas pretensiones pero que resulta verosímil, amena y en muchos momentos
adictiva. Un argumento que no es original pero que tiene un estilo propio
especial que lo hace diferente, una novela que nos recuerda constantemente el
mal que podemos hacer y recibir, en definitiva una obra que no busca
explicaciones de otro nivel si no entretenernos mientras nos hace pensar un
poco.
Los navegantes no es ninguna obra maestra pero tiene la capacidad
de sorprender gracias a una esmerada prosa, llena de recursos curiosos que el
autor utiliza en general de buena manera. Me gustaría ver en acción esta prosa
en una obra donde el autor se centre un poco más en lo que quiere explicar,
porque a buen seguro estas facultades que apunta se verán consolidadas.
Leí en una ocasión que el éxito de
un buen relato, de una buena historia, estaba en saber mezclar cuatro
ingredientes: nobleza, religión, sexo y misterio. Y, si no lo habéis olvidado,
uno de los libros que más éxito ha tenido en los ultimos años mezclaba a la
perfección estos cuatro ingredientes.
José Miguel Vilar Bou los ha
mezclado igualmente bien, al menos tres de ellos, dándole importancia relevante
al sexo, que lo convierte en uno de los protagonistas principales. Pero no falta
la nobleza, los problemas de la nobleza, o la avaricia de esa nobleza que desea
dominarlo todo que, como el autor dice, "puede tener toda la Tierra bajo su
yugo, pero si se le escapa un islote en el que viven las hormigas, no podrá ni
siquiera dormir de rabia por no ser dueño de ese último pedrusco". Bravo por
esta definición de los poderosos. Y, a la vez, esos todopoderosos hombres (o
mujeres) son seres tan helados e incapaces de dar calor como el bronce, del que
parecen estar hechos. No falta tampoco religión. Veo, debajo de todos esos
nombres, un hilo conductor: trinisantos, la ciudad de christina, sus habitantes
llamados (no sé si erróneamente) christianos... (deberían ser christinianos,
salvo que el autor quiera decir lo que quiere decir).
Y tres
ingredientes más: extrema violencia, humor e ironía.
Además el autor,
como ya he venido comentándolo anteriormente, utiliza un vocabulario muy actual
para una acción que ocurre en un mundo que puede ser el nuestro, pero también el
de hace unos años, o el del futuro. Claro, que ya no creo en el futuro: sólo
tengo que ver las imágenes que ha publicado Greenpeace para no creer en él. Me
he ido del comentario, pero quería dejar constancia que sólo creo en ese futuro
que señalaba la película Cuando el destino nos alcance (Soylent Green)...
Vuelvo al lenguaje. Un ejemplo: esta describiendo el tocado que llevaba
la reina Christina: "un tocado que debía costar un pastón". O el virrey que
desea tener bajo su bota hasta aquella isla de las hormigas: "estás en paro de
por vida", le espetaba al derrocado rey de Arialcanda. Y, para describirnos a
esa gente poderosa, nos dice que "es gente de pelas". Creo que no son necesarios
más ejemplos para que el lector sepa lo que puede encontrar en esta irreverente
novela de fantasía, en la que el autor nos revelará importantes secretos, como
el secreto del tiempo o el del infinito.
Me ha gustado. El autor la
escribió para disfrutar, él, y sus posibles lectores. Y es lo que encontramos en
las aventuras de Akkán (por cierto, ex segurata de puticlub en definición del
autor): pura diversión.