Arena

 

Portada de Arena

Ilustrador: Gustavo Ortiz

Artista argentino. Ha participado en numerosas exposiciones en su país, así como en Francia e Inglaterra. Actualmente está afincado en Londres. Su obra presenta influencias del arte colonial e indígena, en una búsqueda de la hibridación de su herencia europea y latinoamericana. El collage es su principal medio de expresión, que utiliza para crear yuxtaposiciones inesperadas y surrealistas.

Gustavo Ortíz

 

Los hombres, para enriquecerse, decidieron que la arena tenía valor. Así que los más arrojados y ansiosos de riqueza viajaron al desierto y levantaron allí una ciudad de altas torres de acero y cristal.

Cogían la arena y la metían en inmensos camiones y barcos que cruzaban las carreteras y los mares. Y como habían decidido que la arena tenía valor, todos la compraban y todos la vendían. Y todos se enriquecían o lograban sobrevivir gracias a ella. Y como la avaricia es infinita, pero el desierto también, todos quisieron tener más y más y con ello ser más y más. Y tu vecino te valoraba en función de cuánta arena tuvieras. Y todos se regían en sus actos, opiniones y valoraciones por la arena. Soñaban con arena. Por la arena mataban, se casaban, se rompían las familias. Y la gente invadía las tiendas derramando arena y los comercios de todo el mundo la amasaban, pero menos que los bancos, en cuyos buches había casi tanta como en el desierto, y la utilizaban para generar más y de nuevo más.

Y por todo esto la ciudad del desierto creció y creció. Y se construyeron torres más altas con las que los todopoderosos esperaban obtener más arena para hacer torres más altas todavía y con ellas acumular más arena y levantar nuevas torres y así hasta el infinito.

Pero todo terminó un día de repente y de manera muy sencilla: entraba un hombre en casa felicísimo con su caja mensual de arena cuando su hijo pequeño le dijo:

—Papá, ¿no te das cuenta de que eso que llevas es arena y la arena no vale nada, más que para jugar?

El padre miró su carga, que tantísimo le pesaba en los brazos doloridos, y comprendió que el niño tenía razón. Y más tarde lo contó a sus amigos, y vieron éstos que el hombre tenía razón. Y así corrió la voz por toda la capital y luego por todo el país, y por el continente y, finalmente, por el mundo entero.

Llegó el descubrimiento a la ciudad del desierto. Y entonces los magnates recordaron que todo aquello se lo habían inventado sólo para hacer riqueza. Ya nadie más quería arena a cambio de arena. Y por tanto ya las altas torres no tenían sentido. Ni las carreteras tenían sentido. Ni los camiones, ni los barcos. La ciudad en sí carecía de sentido. Nunca lo tuvo.

De modo que sus habitantes huyeron antes de que alguien les reclamara sus deudas de arena. Fue un éxodo de locos que se debían cosas unos a otros cuando ya nadie tenía nada.

Y así quedó abandonada la metrópoli, nacida y crecida al abrigo de la arena. Pronto el desierto devoró sus torres —las más altas fueron las primeras en desmoronarse— y se olvidó de los hombres que nunca podrían perturbar su paz inmensa y milenaria.

Y éstos, confusos todavía, creyeron de repente no tener nada. Y trataron de encontrar nuevos juegos con los que justificar el tiempo que, dado que es tan infinito como el desierto, no necesita justificación.

José Miguel Vilar-Bou

Historia enciclopédica del mundo al revés