Centinela

 

Portada de Centinela

Ilustrador: Anabel Zaragozí

Escritora e ilustradora, es especialista en dibujo técnico y lectora voraz. Autora del relato Estrella Matutina, publicado en la revista Historias Asombrosas, e ilustradora de la novela Después del orgasmo de José Miguel Vilar-Bou. Actualmente completa su formación en fotografía e ilustración digital, así como en diseño y producción editorial. Escribe habitualmente en su blog.

Anabel Zaragozí

 

 

 

 

 

 

El planeta apareció. Un punto de luz en el infinito. Fue creciendo hasta convertirse en una esfera. Su superficie se hizo visible.

La nave Centinela orbitó a su alrededor durante 48 horas terrestres. Ante los ojos del astronauta se extendía una geografía con señales de civilización.

Los hombres llevaban siglos buscando a Otro en la vastedad del vacío. Alguien que les dijese que no eran los únicos. Que probase que la vida era algo más que la culminación transitoria de una cadena marginal de combinaciones casuales. Algo inútil.

Diez años terrestres duraba ya la expedición del Centinela. Diez años por galaxias incógnitas, asistiendo al inconmensurable espectáculo cósmico cuyas reglas escapaban a su único tripulante. A él todo le parecía mecánica. Hermoso en su grandiosidad, pero carente de sustancia. En realidad eran los seres vivos, esas minúsculas cosas dotadas de conciencia y que existían por un periodo de tiempo limitado, lo que le daba quizás algún sentido a todo. ¿Pero tenía sentido buscar un sentido?

La pequeña cápsula atravesó la atmósfera y exploró lo que parecía un mundo fósil. Uno que llevaba extinguido millones de años. Quedaba el rastro de lo que debieron ser ciudades. Pero nada más.

Recorrió los polos. Regresó al ecuador. Llevaba tanto solo, aislado, que no se sentía parte de nada. Su mundo había desaparecido hacía siglos: todo aquel que en algún recodo del tiempo le hubiera llamado hijo, hermano, amor, amigo o papá estaba muerto y olvidado. Nada le vinculaba a nada. Se consideraba a sí mismo una partícula de polvo en el vacío. Todos los humanos lo eran, pero no lo sabían.

Él tenía otra perspectiva. Había viajado a las estrellas. Cada vez más lejos, cada vez más lejos. Y cuanto más lejos, más remota y perdida quedaba su humanidad.

Después de una década sin interactuar con nadie, sin ver más rostro que el suyo propio reflejado en el cristal, si ahora se encontrase con un congénere no sabría qué decirle.

Quizás por eso había seguido adelante, aun sabiendo que el Centinela no tenía energía para el viaje de regreso. Nunca más veríala Tierra.

Pasó las últimas horas sobrevolando el planeta. Asistiendo a la obra de unos seres extintos. ¿Cómo fueron? Hubo ciudades una vez. Los restos se erguían como fantasmas en el atardecer púrpura y silencioso.

Buscó la montaña más alta y aterrizó en su cima.

Un sol que no era el Sol desaparecía en el horizonte. Las sombras se alargaban. La noche se extendía. Un último fulgor y la negrura devino total. La única luz de aquella tierra procedía del interior del Centinela. El piloto miró con sonrisa triste los agotados indicadores de energía. Uno a uno los controles dejaron de funcionar. Los monitores se apagaron. Las mecánicas se silenciaron.

José Miguel Vilar-Bou

Historia enciclopédica del mundo al revés