La viuda de Max Burke

Portada de La viuda de Max Burke

 Ilustrador: Anabel Zaragozí

Escritora e ilustradora, es especialista en dibujo técnico y lectora voraz. Autora del relato Estrella Matutina, publicado en la revista Historias Asombrosas, e ilustradora de la novela Después del orgasmo de José Miguel Vilar Bou. Actualmente completa su formación en fotografía e ilustración digital, así como en diseño y producción editorial. Escribe habitualmente en su blog.

Anabel Zaragozí

 

 

Lorraine Selway conoció a Max Burke durante el rodaje de Alas de sombrero en 1977. En la película, la joven interpretaba un brevísimo papel con apenas unas frases. Burke estaba en el plató casualmente. Había ido a ver a su viejo amigo, el director John Mundsley. Fue éste quien les presentó. Ella tenía 25 años. Él 74. Un mes después Lorraine se convirtió en la quinta esposa de Max Burke.

En las fotos de la boda vemos de blanco a la guapa aspirante a actriz y, vestido con esmoquin, a un septuagenario Max Burke sin apenas rastro del atractivo que le hizo icono del cine tres décadas atrás.

Pero lo que sí tenía era dinero. Pese a que la gloria del Hollywood dorado quedaba muy lejos, en los años 50 y 60 el veterano actor había encontrado una segunda y lucrativa oportunidad en la televisión.

Un día después de la boda redactó un nuevo testamento. En él dejaba a Lorraine todo su patrimonio, tanto dinero como propiedades.

Los hijos de Burke, que no fueron invitados a la ceremonia y que llevaban años sin hablarse con él, buscaron de inmediato el modo de demandar a su jovencísima madrastra. Con el fin de anular la validez del testamento, solicitaron al juez que declarara incapaz mental a su padre. Al no lograrlo, contrataron los servicios de un detective que consiguió fotos de Lorraine manteniendo relaciones sexuales con su profesor de equitación y también con el de piano. Quisieron mostrárselas a su padre para forzar el divorcio, pero éste se negó a recibirlos.

Joey, su hijo mayor con el que mantenía una tormentosa relación y que había escrito tres libros sobre él, ofreció las fotos a la revista Gossip con el fin de hundir la reputación de Lorraine, pero el director, Steve Briant, se negó a publicarlas por su obscenidad.

La joven y enérgica esposa fue tomando el control de los negocios de Burke (los restaurantes de Los Ángeles, Nueva York y Miami, así como las acciones que poseía en productoras, teatros e inmobiliarias).

También lo empujó a salir de su retiro. Muchos en Hollywood le daban por muerto, pero Lorraine le convenció para que interpretara un papel de viejo profesor en La cifra (1977). Dada la deteriorada condición física de Burke (había sufrido varias apoplejías que le dificultaban el habla e incluso caminar), se decidió que el personaje fuera en silla de ruedas.

Las apariciones del veterano intérprete en pantalla, aunque breves, se prolongaron durante los siguientes años con Sed de vida (1978), Amapola (1980) y El último trago (1981).

Lorraine le persuadió además para que la dejara organizar fiestas a las que invitaba a lo más granado de Hollywood. Tras varios años de encierro, las puertas de la mansión se abrían de nuevo al mundo. La activa esposa hizo renacer en el anciano al anfitrión que muchos recordaban de décadas pasadas. Además le obligó a mantener correspondencia e incluso a recibir en casa a jóvenes actores que acudían a él en busca de consejo o simplemente deseosos de conocerle.

Sonadas eran las infidelidades de Lorraine. Durante todo un año mantuvo un apasionado romance con el fotógrafo de moda Daniel Roper. Éste le consiguió un reportaje en el Mirror Magazine, pero la carrera de modelo con la que soñaba nunca despegó.

A Roper lo conoció precisamente en una de las fiestas que organizaba en la mansión de Beverly Hills con su marido como maestro de ceremonias. “Se aprovechaba de la fama de mi padre para hacer contactos”, afirma Joey en Querido papá, el quinto libro que escribió sobre su progenitor. “Daba esas fiestas sólo para atraer a las personas de las que quería sacar algo. Era capaz de cualquier cosa con tal de trepar”.

Max Burke murió en 1982 poco después de debutar, empujado por su mujer, en el papel de padre de Hamlet en el Duncan Theatre de Los Ángeles. Tenía 79 años. En su testamento lo dejaba todo a Lorraine, pero la agresiva arremetida legal de los hijos paralizó la herencia durante años. “Nosotros fuimos su vida. Ella sólo una intrusa en busca de dólares”, escribe Joey.

Finalmente, en 1985, un juez decidió que el dinero y todos los demás bienes pertenecían a los hijos. Éstos acusaron entonces a la viuda de haber escondido dos millones en cuentas suizas, pero lo cierto es que Lorraine se quedó sin nada. Perdida la riqueza, sus amistades le dieron rápidamente la espalda. Después se sabe poco de ella. Cayó en el alcohol y, en el intento de salvarse, entró en una oscura comunidad religiosa. Hoy es una de las 70.000 personas sin techo que deambulan por las calles de Los Ángeles. Se la ve con frecuencia durmiendo en la playa. Asegura ver a Max y habla todo el tiempo con él.

José Miguel Vilar-Bou

Historia enciclopédica del mundo al revés